setembro de 2026

Marucha y la Fototeca de Cuba: Memoria, Luz y Poética del Caribe

Federico Murua

Existen vidas cuya estela permanece dibujada en la luz con la firmeza del nitrato de plata y la delicadeza de una penumbra luminosa. Hablar de María Eugenia Haya Jiménez, inmortalizada en el afecto de la cultura caribeña simplemente como Marucha, es adentrarse en las arterias vivas de la imagen moderna, en el laberinto poético donde la mirada deja de ser un mero reflejo mecánico para convertirse en memoria testimonial, identidad palpitante y latido lírico. Nacida en La Habana el 5 de junio de 1944, Marucha habitó la insularidad cubana no como una frontera geográfica, sino como un vasto horizonte donde la luz tropical podía ser descompuesta, interpretada y preservada para la posteridad. Su existencia fue un testimonio continuo de amor por la forma, un tránsito constante entre el ojo que encuadra y la mente que piensa la imagen, erigiéndose en una de las figuras más determinantes e imprescindibles de la fotografía cubana del siglo XX y en una promotora incansable que supo tender puentes entre la isla y el resto de la América Latina continental.

Para aprehender la hondura de su legado es necesario recorrer las raíces que nutrieron su sensibilidad plástica. En la bisagra entre la juventud y la madurez intelectual, María Eugenia Haya abreva en diversas fuentes del saber y la creación. Entre los años 1964 y 1965, bajo la mirada erudita de la crítica de arte Adelaida de Juan en la Biblioteca Nacional José Martí, se adentra en la apreciación fotográfica, comprendiendo desde muy temprano que una imagen es un texto visual cargado de símbolos, tensiones culturales y resonancias emocionales. Casi de forma paralela, entre 1965 y 1966, cursa estudios de diseño gráfico al lado del maestro Raúl Martínez, encuentro fundamental donde aprende las dinámicas del espacio, la geometría compositiva, el rigor del contraste y el manejo poético del color. A este universo formal se suma su paso por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), donde trabaja como caricaturista y dibujante de animación, nutriéndose además de la historia de la fotografía impartida por el profesor Mario Rodríguez Alemán. Finalmente, entre 1972 y 1978, consolida su armazón intelectual al graduarse en Filología por la Universidad de La Habana, una formación humanística que impregnaría de manera irreversible su cuerpo de obra y sus posteriores investigaciones ensayísticas.

El devenir vital y artístico de Marucha se encuentra indefectiblemente entrelazado con la vida del notable fotógrafo y director de fotografía Mario García Joya, ampliamente conocido en el ámbito cinematográfico y plástico como Mayito. Junto a Mayito, María Eugenia Haya construyó un territorio compartido de búsqueda estética y complot creativo. Esta unión trascendió la intimidad de la pareja para transformarse en un motor de desarrollo cultural que dinamizó la fotografía de la isla durante las décadas de 1970 y 1980. En el calor de ese taller común de ideas, donde convivían el cine, las ampliadoras de blanco y negro, las tiras de contactos y los libros de arte, Marucha desarrolló un estilo propio, distanciado del documentalismo puramente heroico o propagandístico, prefiriendo sumergirse en la poética del tejido cotidiano, en la ternura de la gente común, en las fiestas populares y en las intimidades de la calle habanera.

A lo largo de su carrera como fotógrafa e investigadora, María Eugenia Haya desplegó una labor múltiple que abarcó la fotografía comercial en Exposicuba entre 1966 y 1970, la labor fotográfica para la Cámara de Comercio de Cuba entre 1970 y 1978, y una vasta labor historiográfica que asumió formalmente desde 1978. En ella cohabitaban la creadora de instantes y la arqueóloga del pasado fotográfico. Su ensayo histórico sobre los orígenes y evolución del arte de la cámara en Cuba se volvió una referencia ineludible cuando participó activamente en los históricos Coloquios Latinoamericanos de Fotografía. En el Primer Coloquio Latinoamericano de Fotografía, celebrado en la Ciudad de México en 1978, Marucha presentó una ponencia fundamental que proponía un recorrido riguroso por la historia fotográfica de su patria, desmitificando lecturas eurocéntricas y rescatando del olvido a los pioneros insulares. En las sesiones de los coloquios posteriores, como el Segundo en 1981 y el Tercer Coloquio en 1984, su voz resonó junto a la de intelectuales de la talla de la mexicana Raquel Tibol, el venezolano Paolo Gasparini, la colombiana María Cristina Orive y el propio Mayito, aportando una visión aguda que exigía pensar la fotografía latinoamericana desde sus propias particularidades estéticas, sociales y políticas.

Fue precisamente a mediados de la década de 1980 cuando la madurez teórica y la visión promotora de Marucha cristalizaron en una obra institucional sin precedentes. Consciente de la urgencia de preservar, restaurar y difundir el patrimonio visual de su nación, María Eugenia Haya concibió y lideró el proyecto de creación de una institución dedicada exclusivamente a la salvaguarda de la memoria fotográfica. Así, en el corazón emblemático de La Habana Vieja, frente a la Plaza de la Catedral, abrió sus puertas en 1986 la Fototeca de Cuba, fundada por Marucha como un templo de la luz donde debían confluir los archivos históricos, las colecciones de los grandes maestros decimonónicos y las audaces propuestas de las jóvenes vanguardias contemporáneas. La Fototeca no fue concebida por ella como un frío museo de antigüedades, sino como un centro vivo de discusión, un taller de investigación, una galería permanente y un refugio para el debate conceptual donde artistas consagrados como Alberto Korda, Raúl Corrales, Mario Díaz o Tito Álvarez podían alternar con noveles creadores como Marta María Pérez Bravo, René Peña o Abigail González.

La labor de Marucha como promotora en la Fototeca de Cuba tuvo la belleza fecunda de los sembradores. Organizaba exposiciones, dictaba conferencias, redactaba textos curatoriales de sutil lírica y agudeza analítica, y promovía intercambios internacionales con galerías y festivales de Europa y América Latina. En cada catálogo que redactaba, en cada montaje que supervisaba minuciosamente bajo la luz dorada de la arquitectura colonial habanera, María Eugenia Haya infundía una devoción casi mística por el lenguaje visual. Para ella, el acto de fotografiar era un ejercicio de amor y de justicia poética: fijar el tiempo para que la muerte no se llevara consigo la sonrisa del anciano en el parque, la cadencia del son en los barrios populares, la sombra del transeúnte sobre el adoquín húmedo o el resplandor de la ropa puesta a secar al sol en los balcones de Centro Habana.

En su propia producción fotográfica, las imágenes de Marucha respiran una musicalidad interna y una piedad profunda hacia el ser humano. Sus series dedicadas a las fiestas populares, los carnavales, los retratos de músicos tradicionales y los personajes de la cultura vernácula cubana demuestran un dominio refinado del encuadre y una sensibilidad única para captar el gesto mínimo donde reside la verdad de un rostro. No buscaba el escándalo estético ni el artificio estridente; su poética era de tonos medios, de sombras suaves, de luces tamizadas por la brisa marina. Fotografiar para ella era conversar en silencio con la realidad, pedirle permiso al sujeto para robarle un fragmento de su alma y devolverlo convertido en arte.

Trágicamente, la vida de esta mujer extraordinaria sufrió el embate prematuro de la enfermedad. En 1991, en La Habana, a la edad de tan solo 47 años, María Eugenia Haya Jiménez falleció, dejando un vacío inmenso en el panorama cultural de la isla y conmocionando a la comunidad fotográfica internacional que la admiraba y la quería con devoción. Su partida física aconteció en el punto más alto de su madurez creadora y gestora, pero la semilla que plantó ya había germinado en raíces profundas e indestructibles. La Fototeca de Cuba permaneció como el monumento vivo a su perseverancia, la prueba palpable de que la pasión de una sola mujer puede construir una casa eterna para la memoria colectiva de todo un pueblo.

El tiempo ha pasado desde aquel infausto año de 1991, pero la figura de Marucha no ha hecho más que agigantarse con el transcurso de las décadas. Cuando se contempla hoy la historia de la imagen en el Caribe, su nombre brilla con la luz propia de los faros esenciales. María Eugenia Haya fue fotógrafa de la gracia cotidiana, historiadora del detalle revelador, teórica de la imagen emancipada y fundadora de utopías concretas. Su vida fue un ensayo poético escrito con la nitidez de la mirada y la calidez del corazón. En cada negativo conservado en los archivos de la Fototeca de Cuba, en cada libro que registra la historia de la cámara en América Latina, en cada estudiante que se acerca a la imagen buscando descifrar el misterio de la realidad, habita el espíritu generoso y luminoso de Marucha, la mujer que enseñó a la fotografía de su patria a mirarse a sí misma con orgullo, rigor y belleza profunda.

Imágenes

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Federico Murua

Sobre la artista

Federico Murua

Federico Murúa. Argentina/Venezuela.1976. Reportero gráfico (CRGV 2017) Lic. Eduación (UNEG 2004). Fotógrafo documental, Prof. Productor Audiovisual (UNEARTE 2025) Creador de contenidos sobre Fotografía Latinoamericana. Investigador Cultural Ritmos Afro descendientes.Prof. Escuela de Comunicación Social ( UBA 2017) Escritor Libro sobre fotografía Latinoamericana 2025 (en curso)