novembro de 2026
La dignidad humana en la mirada del fotoperiodista y documentales peruano Jaime Rázuri
Federico Murua

El mar de La Punta, en el Callao, Perú, posee una grisura obstinada, una densidad salina y nebulosa que se adhiere a la piel antes de que la memoria aprenda a nombrarla. Nacer en esa estrecha lengua de tierra en 1958 significó, para Jaime Rázuri, aprender a mirar desde la penumbra, contemplar la inmensidad del océano no como un horizonte infinito y abierto, sino como un límite tajante donde la luz debe ser arrancada con paciencia al sofocante manto de la bruma. En esa geografía de humedad pertinaz y barcos espectrales se gestó una de las miradas más lúcidas, poéticas y dolorosas del fotoperiodismo peruano y latinoamericano. La cámara no fue para Rázuri un simple artilugio técnico ni un pasaporte para la aventura periodística; se convirtió, desde sus tempranos años de formación en la facultad de comunicación en la Universidad de Lima y su posterior paso por el Instituto de Estudios Fotográficos de Cataluña (1985-1986), en un bisturí de plata, en un instrumento de revelación ética capaz de esculpir la dignidad humana en medio del naufragio social y las geometrías de la violencia.
A lo largo de su vasta trayectoria como reportero gráfico de la agencia France Presse, Rázuri ha ejercido la fotografía como un acto de constante resistencia moral contra el olvido. Durante décadas, su lente fue el testigo incómodo de un país que se desangraba entre las heridas del conflicto armado interno, la inestabilidad política y las brechas históricas de la marginación. Sin embargo, a diferencia de los mercaderes del morbo que buscan en el dolor ajeno el destello efectista del sensacionalismo, la mirada de Rázuri ha estado siempre habitada por un pudor compasivo, una suerte de ternura militante. Su trabajo no busca capturar a la víctima en su derrota definitiva, sino sorprenderla en esa brevísima grieta donde la resistencia vital se manifiesta a pesar de la intemperie. Fotografiar la guerra o el descontento social no fue para él una mera rutina profesional, sino una inmersión en las vísceras de la condición humana, una geografía marcada por las ausencias donde el disparo del obturador actuaba como un refugio frente a la densa oscuridad del horror.
Esa misma lucidez, entrenada en el fragor de la prensa diaria, encontró su expresión más profunda y conceptual en sus proyectos personales, donde el ojo del fotógrafo trasciende la inmediatez del titular para penetrar en los sedimentos de la identidad cultural y la enfermedad. En 1991, en el vórtice de una crisis histórica que amenazaba con pulverizar el tejido social del Perú, Rázuri presentó Identidad y mestizaje (Lima Hoy). En este corpus visual, el autor se adentró en el corazón palpitante de una transformación irreversible: el proceso de mestizaje en un contexto de desarrollo ferozmente centralista y el florecimiento irreprimible de la «choledad» en la capital. Lima, esa urbe desmesurada que durante siglos intentó mirarse en el espejo de una aristocracia virreinal lejana, es diseccionada por Rázuri para revelar cómo los márgenes andinos tomaron pacíficamente el centro.
La ironía se desliza sutilmente entre sus encuadres: las promesas de una modernidad occidental que nunca terminó de democratizarse se estrellan contra la vitalidad subterránea de la migración. La «choledad», lejos de ser una simple categoría sociológica o un estigma de origen, se manifiesta bajo la luz de Rázuri como una estética vibrante, una forma de habitar el espacio urbano con orgullo, color y prepotencia creadora. Sus retratos capturan el choque y la fusión: la pollera y el neón, la arquitectura chicha erigiéndose sobre la grisura colonial, la invención diaria de la supervivencia en las barriadas. Los personajes de Identidad y mestizaje no piden permiso para existir en la Lima centralista; la reclaman, la transforman y la reescriben a través de sus gestos, sus comercios y sus fiestas. La cámara de Rázuri actúa aquí como un espejo donde la sociedad peruana es forzada a reconocerse en su abigarrada diversidad, demostrando que el verdadero rostro del país no estaba en los salones de la élite, sino en la marea indetenible que reinventaba la ciudad cada mañana. Poco después, entre 1994 y 2007, Rázuri emprendió uno de los proyectos más conmovedores y rigurosos de la fotografía peruana contemporánea: su investigación visual sobre el VIH/SIDA. En una época en que la epidemia era tratada por la sociedad con el látigo del estigma, el pánico moral y el rechazo punitivo, el fotógrafo decidió entrar con su cámara en los recintos del silencio, en las salas de hospital pauperizadas y en la intimidad de quienes habían sido sentenciados a la invisibilidad. Con un tono profundamente reflexivo y una delicadeza abrumadora, acompañó a las personas afectadas en su cotidianeidad, registrando el avance del deterioro físico, pero sobre todo rescatando la insondable belleza de los afectos, la solidaridad y la calidez de la caricia humana en la antesala de la pérdida. La metáfora de la sombra se subvierte en estas imágenes: el cuerpo enfermo, sistemáticamente ocultado por la hipocresía social, se convierte bajo su lente en una catedral de fragilidad y coraje. No hay en estas fotografías un voyeurismo impúdico; hay una devoción por la vida que trasciende el diagnóstico médico para interrogar a la sociedad sobre sus propias miserias éticas, convirtiendo el dolor individual en una interpelación colectiva. El destino, sin embargo, suele tejer tramas amargas para quienes dedican su existencia a registrar el dolor ajeno. En los primeros días de enero de 2007, mientras cumplía sus labores periodísticas en la Franja de Gaza —ese estrecho territorio suspendido en un bucle de asedio y desesperanza—, Jaime Rázuri fue secuestrado por un grupo armado al salir de las oficinas de la agencia para la que trabajaba. Durante siete días interminables, el fotógrafo peruano pasó bruscamente de ser el sujeto observador al objeto observado, el testigo mudo convertido en moneda de cambio geopolítica en la vasta carnicería de Medio Oriente. La ironía trágica se reveló en toda su magnitud: el hombre que había dedicado décadas a otorgar visibilidad y voz a los cautivos de la pobreza y la violencia se encontraba de pronto privado de su libertad, atrapado en la penumbra de un cautiverio absurdo, con la incertidumbre de la muerte rondando en la oscuridad. Siete días de tensión internacional y vigilias en el Perú culminaron con su liberación sano y salvo, pero aquella experiencia en Gaza no fue un simple accidente de trabajo; representó una grieta iniciática, un hito tectónico que alteró para siempre su percepción sobre la vulnerabilidad, la imagen y la propia existencia. Como si necesitara procesar las esquirlas de aquella y otras batallas visuales, el fotógrafo destiló sus vivencias, sus fantasmas y su deambulaje por el mundo en un trabajo de madurez excepcional. Su fotolibro autobiográfico Como un relámpago en el cielo (2007) se erige como un artefacto poético que elude la narración cronológica lineal para adentrarse en la lógica fragmentaria de la memoria. El título encierra una metáfora magistral sobre la naturaleza del fotoperiodismo: el disparo de la cámara es como ese destello fulgurante que ilumina de golpe la noche de la historia, permitiéndonos contemplar por una fracción de segundo la anatomía del caos antes de que la penumbra vuelva a devorarlo todo. En las páginas del libro dialogan los rostros de la Lima migrante con los paisajes desolados de la guerra, las miradas exhaustas de los enfermos de SIDA con las grietas de las calles en conflicto.
Como un relámpago en el cielo no es únicamente el inventario de las coberturas de un reportero gráfico; es, ante todo, el testimonio visceral de una búsqueda espiritual. En sus secuencias, la violencia política conversa con las angustias íntimas, y el mapa social del Perú se confunde con la cartografía emocional del propio autor. Se percibe un tono de melancolía reflexiva, una ironía sutil sobre la pretensión del fotógrafo de detener el tiempo cuando en realidad es el tiempo el que desgasta la mirada de quien observa. Rázuri se contempla a sí mismo a través de los otros, aceptando que cada fotografía tomada a lo largo de su vida fue también un autorretrato involuntario, una pequeña rendija por la que se filtraba su propia necesidad de belleza y justicia. Mirada en su conjunto, la trayectoria de Jaime Rázuri trasciende la mera catalogación documental para instalarse en el territorio de la poesía visual y la ética irrenunciable. Desde la humilde niebla de La Punta hasta el polvo ardiente de Gaza, su trabajo demuestra que la verdadera fotografía no consiste en llegar primero a la escena de la noticia, sino en saber permanecer en ella con empatía cuando las luces de la prensa se han apagado. Rázuri ha logrado convertir el acto de fotografiar en un ejercicio de revelación donde el claroscuro no es una simple técnica de laboratorio, sino la metáfora definitiva de la condición humana: esa constante oscilación entre la luz de la dignidad y las sombras de la barbarie. Sus imágenes se mantienen como relámpagos suspendidos en la memoria colectiva, recordándonos que mientras exista una mirada dispuesta a rescatar la verdad del ser humano, el olvido no habrá ganado la batalla.
Imágenes

Sobre la artista
Federico Murua
Federico Murúa. Argentina/Venezuela.1976. Reportero gráfico (CRGV 2017) Lic. Eduación (UNEG 2004). Fotógrafo documental, Prof. Productor Audiovisual (UNEARTE 2025) Creador de contenidos sobre Fotografía Latinoamericana. Investigador Cultural Ritmos Afro descendientes.Prof. Escuela de Comunicación Social ( UBA 2017) Escritor Libro sobre fotografía Latinoamericana 2025 (en curso)